sábado, 23 de febrero de 2013

TERROR BAJO LA LLUVIA





        La primera que anticipó la lluvia fue doña Jacinta que en cuanto sintió la humedad en el aire y el dolor en sus rodillas corrió al patio de su casa a juntar la ropa del tendedero. Dos casa más arriba Virginia y Juan, los recién casados, preparaban las últimas maletas para su luna de miel; su vecina, María Elena, observaba el cielo despejado con extrañeza, ella también sentía el ambiente pesado y suponía que el calor denso de esos días terminaría con un buen aguacero.
- Esta noche se larga. – le dijo a su hijo entrando en la cocina de su casa donde había dejado la caldera en el fuego. Su hijo Tomás, bueno en matemáticas y malo en los deportes, levantó levemente la vista de su celular para echarle una mirada desaprobadora que ella no vio por estar ocupada gritándole a su hija que dejase de jugar en el patio con la hija de los Medina y que entrara a tomar la leche.
Vania Medina, de ocho años, se dirigió a su casa pasando silenciosamente por enfrente de la casa de Cacho, el viejo bribón del barrio que tenía la casa descuidada, lleno de cacharros su patio delantero y un inmenso perro tan malo como él.
Se sentía exhausta de tanto jugar sin supervisor y hambrienta por no comer desde el medio día; y eso que sólo hacía un día que sus padres se encontraban de viaje. 
Entró en la habitación de Eugenia, su hermana, y la vio concentrada frente al monitor de su pc, dando carcajadas de vez en cuando y tamborileando el teclado seguidamente de la risa.
Eugenia tardó unos segundos en ver a su hermana parada con el picaporte en la mano y le ordenó a que se fuese a bañar, prometiéndole que luego verían una película acostadas en su cama y con una suculenta cena.

A media noche la lluvia torrencial había empezado a caer hacía rato y las hermanas se encontraban observando el barrio por la ventana. La cena había sido pizza de delivery y la película más aburrida que los documentales del colegio. Sólo les quedaba dormirse pero tanto Vania como Eugenia habían heredado de su madre el terror por las tormentas.

Mirar por la ventana era bastante inútil ya que la abundante lluvia no permitía ver casi nada y cada vez que caía un rayo o sonaba un trueno ambas se sacudían levemente en sus asientos.
Vania no podía entender cómo de unas nubes podía caer tanta agua, Eugenia no podía creer que justo ese día en que sus padres no se encontraban había caído tal diluvio.
- ¿tenés miedo, verdad? – le preguntó Eugenia a su hermana sin correr la vista de la ventana, deseaba irse a sentar frente a la pc pero hasta a una hermana poco cariñosa como ella le costaba dejar a su hermana tan asustada. Ella había meneado la cabeza en signo negativo pero su miedo era latente en sus ojos.
Pasaron cuarenta y cinco minutos y poco habían hecho en ese tiempo, la lluvia caía incesantemente, el barrio se veía totalmente vacío de gente y los ladridos del perro de Cacho se escuchaban incluso ante el ruido ensordecedor de la lluvia cayendo sobre las chapas del techo del jardín. De seguro seguía atado bajo la lluvia mientras su dueño se encontraba dormido por la borrachera en un sillón de su living.
- Bueno, será mejor que te acuestes, si querés puedo leerte algo.
Le dijo Eugenia recordando que era lo que todo el mundo le hacía a los niños asustados, aunque nunca le hubiese leído algo a su hermana ni tampoco sus padres lo habían hecho a ella. Vania se sorprendió por la propuesta pero no la negó. Eugenia fue hacia la pequeña estantería del living mientras que la pequeña se acomodaba en la cama y cuidaba que la manta estuviese bien sujeta bajo el colchón, no fuese el caso que estuviese floja y en medio de la noche uno de sus pies se asomara por la tela y fuese apresado por un monstruo.
- A ver… - dijo Eugenia abriendo el libro infantil con el dibujo de una oruga en la portada. – Martita era una oruga que vivía dentro de una lata de atún y… ¿de qué te reís, mija? – le dijo al ver el rostro sonriente de su hermana.
- Ese libro es para bebés, Euge. Mamá me lo leyó cuando tenía cinco años.
Eugenia bajó el libro frustrada y la observó ofendida.
- Bueno nena . – le dijo. – Y yo qué sé ¿qué querés que lea?
Pero la niña había enmudecido y miraba la ventana atenta. Eugenia notó el silencio en la casa y entendió que la lluvia había cesado.
- Por fin. Tanta agua me pone nerviosa, juro que creí que mañana íbamos a tener que andar en canoa por el barrio si no cesaba de llover. – dijo mientras se paraba, dejaba el libro sobre la mesa de luz y se dirigía a la puerta de la cocina que daba al patio trasero, cuando la abrió vio anonadada el cielo como jamás había visto de noche: de un gris muy intenso, bajó la vista para ver el desastre que había hecho la lluvia: la ropa caía empapada de la cuerda, las sillas se habían caído y las macetas se encontraban a tope, también vio una gran bolsa de nylon arrojada sobre el pasto y que pensó que había arrastrado el aire, pero supuso que la teoría era errónea ya que la tormenta no había arrastrado viento, caminó sobre el pasto hundiendo las zapatillas en el barro tri tri tri  y cuando fue a tomar la extraña bolsa toda arrollada y mojada sintió un grito en la lejanía que la hizo enderezarse al instante. Mantuvo los oídos en alerta hasta que otro grito de mujer fue bien audible en la noche, intentó correr hacia la seguridad de la casa cuando recordó la bolsa de nylon y cuando volvió a recogerla vio con total sorpresa cómo comenzaba a moverse.
- Euge ¿qué pasa? – se escuchaba desde la puerta a la pequeña Vania que también había oído los gritos. - ¡Euge!
La bolsa empezó a tomar forma y Eugenia observando con más cuidado notó que no era una bolsa sino algún extraño ser, y cuando Vania prendió la luz del patio pudo ver cómo desplegaba sus alas traslúcidas. 
Al principio pensó que era una clase de inmensa medusa pero luego recordó que las medusas no tienen alas y se le antojó que parecía una mariposa, traslúcida, babosa y asquerosa como una medusa, pero con alas y cuerpo similar al de un insecto. Lo único que se le podía ver con claridad eran sus dos enormes ojos negros entre antenas y largas púas. Luego su cuerpo era blanco casi trasparente como el de los bichos del mar.
Cuando volvió para correr hacia la casa vio que sobre el marco de la puerta donde se hallaba Vania había otra de esas criaturas que caminaba por la pared, era más pequeña, del tamaño de una rueda de bicicleta y movía sus viscosas patas silenciosamente.
- Eugenia ¡tengo miedo! – dijo la niña, aunque desconociese la situación.
- Vania, entrá despacio y cerrá la puerta. – Dijo Eugenia intentando no apartar la vista de los dos bichos y descartando la posibilidad de entrar por ese lugar. - ¡dale! Yo entro por la otra puerta.
Vania no hizo preguntas al respecto y cerró la puerta de un portazo, el ruido puso nerviosa a la criatura que empezó a aletear sus alas dando un zumbido.
Otro nuevo grito cercano y Eugenia ya estaba que se moría del miedo, caminó despacio rodeando a la criatura posada en el umbral de la puerta y alejándose de la que posaba sobre el césped, cuando pasó el cuerpo por la ventana que se encontraba al lado de la puerta a espaldas de la criatura, recordó que la última vez que lo había hecho había tirado dos vasos del mueble aparador que estaba del otro lado, contaba sólo con seis años y su padre le había tirado de la oreja por tal travesura, esta vez ella pensó que el pasar por allí era justificable.
Cuando cerró la ventana sintiéndose segura en el interior, pudo notar cómo la criatura había empezado a caminar por la puerta y como ésta tenía la parte superior de vidrio pudieron contemplar con mayor exactitud las patas y la parte inferior del pecho. Y digo “pudieron” porque Vania también se encontraba allí, al igual que su hermana, observando esa cosa con total concentración.
Luego de unos segundos Eugenia se sintió asqueada por los ruiditos y comprendió que estando allí parada no hacía otra cosa que incrementar el miedo.
Se dirigió a su cuarto, abrió su facebook y prendió la tele.
Las pocas personas que habían podido entrar en internet (y no estaban gritando en sus casas) daban comentarios acerca de los extraños bichos que la lluvia había arrastrado, incluso algunos habían sacado fotos y a Eugenia se le erizó la piel al ver en algunas zonas de su barrio a una concentración mayor de esas cosas, e incluso algunas eran más grande que Vania.
¡Qué son estos bichos! / ¡Están intentando entrar por la ventana de mi casa! / ¡No intenten salir de sus casas, la calle Artigas está llena de esas cosas! 
- ¡Eugenia! – le gritó Vania a su hermana que estaba anonadada observando las noticias de la gente. Ella le prestó atención a su hermana que señalaba el televisor muerto. No había señal en ningún canal.
Y entonces, nuevos gritos en las calles, gente que corría o autos que pasaban derrapando por la calle mojada.
Escucharon una gran explosión seguido por un intenso olor a gasolina quemada y de tal estupor ninguna de las hermanas notó que unos constantes golpes que sentían, venían de la puerta de entrada.
- ¡Abran! ¡Eugenia!
Vaya, supongo que por ser la mayor me toca ser la valiente. Pensaba Eugenia mientras se dirigía hacia la puerta, pero al sentir la voz que llamaba con más claridad supo de quién era y no dudo en ir a abrir, Vania se quedó mirando por la ventana del cuarto la intensa luz de la explosión que se había creado tres casas a la izquierda.
Alicia Gonzales, de veinte años, rubia natural que se había teñido el cabello de negro, amante de los autos y las películas de Ashton Kutcher, entró desesperada por la puerta y se arrinconó en una esquina del living llorando a gritos y temblando de pies a cabezas.
- ¡cerrá! CERRÁ LA PUERTA
-Alicia, calmate. – le dijo Eugenia que conocía a Alicia desde la primaria. - ¿qué está pasando, boluda?
- Esos bichos ¡esos bichos! – dijo sentándose en el piso con la mirada perdida. – Hay muchos, afuera, ¡entraron por la ventana y querían agarrarme! ¡Gastón Duarte tenía uno pegado a la cabeza en la esquina y unos tipos intentaban sacárselo!
- pero ¿cómo pegado? ¡Qué pasa! – dijo Eugenia asustada sin entender del todo el asunto.
Alicia quedó un segundo en silencio y la miró por primera vez con sus ojos húmedos y abiertos al máximo, entendió entonces que su amiga sabía poco del incidente.
- Esas cosas… esas mariposas… vinieron con la lluvia y se te pegan a la cabeza
- ¿cómo que se pegan?
-¡No sé Eugenia! Tiene un aguijón… ¡un pico! Y te agarran… y no sé… ¡te chupan!
Eugenia, que ya había escuchado demasiado se aseguró de que la ventana del living estuviese bien cerrada y corrió a su cuarto y su corazón se detuvo por un segundo al no encontrar allí a Vania.
- ¡Eugenia! – gritó entonces la pequeña, y ella corrió hacia la cocina que era de donde provenía su grito. La niña se encontraba observando la puerta y cuando el vidrió de ésta empezó a hacerse añicos en manos del insecto dio un grito que acompañó a un trueno.
- ¡Vania callate! – le gritó mientras pensaba qué cosa hacer para detener al bicho. En la puerta opuesta vio al aparador que contenía la vajilla y notó que era exacto para que bloqueara la puerta, cuando comenzó a moverla vino Alicia en su ayuda y juntas lograron desplazarlo hacia la puerta, cuyo vidrio estaba cediendo y por él se colaban las asquerosas y viscosas patas de la mariposa-medusa.
En cuanto lo lograron escucharon a la criatura intentando pasar por la madera dándole golpeas con el pico.
Las tres mujeres notaron cómo la lluvia empezaba a caer de nuevo y con ella aumentó el nerviosismo de Alicia que empezó a llorar nuevamente.
- ¡Van a venir más! ¡VAN A VENIR MÁS! ¡VIENEN CON LA LLUVIA!
Eugenia notó como Vania empezaba a llorar, el horror que se dibujaba en la cara de Alicia era contagioso y no era bueno que las tres entraran en pánico.
Cuando logró que se calmara las tres se acurrucaron en una esquina del dormitorio de Vania, Eugenia creía que estando su hermana familiarizada con el lugar estaría mejor. Apagaron todas las luces, e incluso la computadora y todo lo que delatara que se encontraban allí. La lluvia fue creciendo y con ella los aleteos y las sombras que pasaban volando por la ventana del cuarto. Las tres estaban en absoluto silencio.
- Deberíamos correr un mueble a la ventana. – dijo Alicia mirando concentrada a la lluvia que golpeaba con fuerza los vidrios.
Eugenia estaba concentrada con su celular intentando llamar a su madre luego de que llamar a la policía fuese en vano.
- Viven en las nubes. – comentó  Vania que hasta entonces había estado muy callada.
- ¿Qué decís Vania? ¿Cómo es posible que esas cosas vivan en las nubes?
-  Hay bichos que viven bajo enormes rocas, ¿Por qué no medusas que vivan en la humedad de las nubes?
 Medusas con alas, repulsivas, asquerosas… pensó Eugenia, pero no dijo nada porque la idea le parecía muy fantasiosa.
- Más que mariposas. – dijo Vania. – Parecen polillas; las mariposas son lindas, esos bichos no. Son como polillas viscosas y trasparentes y tiene extremidades, algunas similares a tentáculos. – luego se permitió una leve carcajada. – Un niño de mi clase dice que las polillas son mariposas zombies.
Ninguna de las dos chicas hizo caso al chiste.
La lluvia intensa siguió cayendo sin cesar y durante media hora no hubo novedad, las chicas seguían atemorizadas, los celulares no funcionaban y  algunos gritos se escuchaban por el barrio.
- ¿Adónde vas? – preguntó asustada Vania cuando notó que su hermana se paraba rompiendo con la tranquilidad que habían generado.
-Necesito ir por agua, me muero de sed. No voy a tardar. - contestó ésta por lo bajo.
Y en cuanto se paró en la más completa calma un estruendo las sobresaltó a las tres.
La ventana se hizo añicos y por ella entró una de esas polillas, incluso más grande que el hueco de la ventana. En cuanto las atacó (permitiendo al viento y la lluvia escandalosa entrar mientras los fragmentos de vidrio se esparcían por el dormitorio) las tres se pararon y fue Alicia quien tomó el coraje de enfrentarlo tomando unos tantos libros de una repisa (en los cuales se encontraban un diccionario enciclopedia, el libro de ciencias naturales y el libro de cálculos que usaba Vania para la escuela) y se los arrojó encima; la criatura chilló de dolor cuando varios de ellos les golpeó y cayó al suelo con el peso del diccionario en el pecho, aleteó salpicando agua y moviéndose insistente por el piso, tal como lo hace una polilla herida bajo un foco de luz.
A Eugenia le había fallado toda valentía y fue Alicia la que con total ira empezó a pisar la cabeza del bicho, una, dos, tres, cuatro veces y la masa gelatinosa que crujía al ser aplastada fue convirtiéndose en un mal oliente puré. Pero fue la hermana mayor que actuó cuando otro de esos bichos entró por el hueco de la ventana, está vez Alicia no reaccionó, quizás porque su menor tamaño la confundió, y es que ésta era del tamaña de un plato. Eugenia sólo atinó a coger el cubrecama y arrojárselo encima, luego las tres salieron corriendo del cuarto porque se avecinaban nuevas sombras y aleteos desde afuera.
Luego de cerrar la puerta corrieron sin saber a dónde.
- ¡Eugenia, estás rompiendo el aparador, van a entrar! – gritaba Vania.
- ¡Alicia no te vayas! ¿Qué hacemos?
Pero Alicia ya había decidido marcharse, ya había tenido bastante experiencia con su casa invadida por esas cosas.
Eugenia decidió correr hacia ella pero cayó en la cuenta de que tenía a su hermana pequeña de la mano, entonces se metió a su dormitorio y se arrodilló frente a ella. Dentro de la cocina esos bichos ya estaban haciendo estragos.
- Metete dentro del ropero y no hagas ningún ruido. – le ordenó a la pequeña que estaba dura del miedo.- Si te quedás allí en silencio no te van a encontrar, y si lo hacen, las puertas son muy duras y resistentes y tardarán demasiado tiempo en derribarlas.
Vania asintió con la cabeza y corrió a esconderse en el inmenso ropero, cuando Eugenia estuvo convencida de su seguridad, corrió hacia el living, tomó un paraguas macizo y salió a la calle. Quedó unos instantes contemplando la escena con horror: la lluvia cayendo como siempre, los relámpagos alumbrando la calle y las casas, los cuerpos tirados por todos lados (algunos cubiertos de esas enormes polillas), y si se miraba fijamente se podía observar a más de una de esas cosas bajando de las nubes y volando con las demás por el inmenso cielo.
La muchacha agitó su cabeza para concentrarse y se dirigió  hacia Alicia que corría como loca por la vereda.
Dos de esos bichos se tiraron en picada hacia ella y esta pudo golpearlos con el paraguas, luego lo abrió y se refugió bajo éste para retener la lluvia y correr más deprisa sin ser molestada.  Vio a su amiga correr a gritos y a una de esas cosas intentando posarse en su cabeza, con sus alas desplegadas era más grande que el paraguas que llevaba.
Se escuchaban muchos gritos y disparos; Eugenia recordó el arma que su padre guardaba en su alcoba y se enojó consigo misma por ser tan impulsiva y no haber pensado antes en ella, pero no era el momento de volverse a plantear que debía pensar bien antes de actuar.
La criatura le asqueaba y además le tenía mucho miedo, era enorme e insistía en posarse sobre Alicia, incluso ante el desesperado empeño de ésta porque no ocurriese. Eugenia cerró el paraguas y le arrojó un golpe que la criatura pudo esquivas a medias, cuando volvió a atacar, pudo darle su merecido golpazo  (como un bateador de béisbol dando su mejor golpe) y la criatura cayó al piso aturdida, puso fin a su existencia enterrando el extremo del paraguas en su cabeza. Pero cuando fue a socorrer a su amiga una bandada de esas cosas se arrojó sobre ellas y ya no guardó esperanzas de salir vencedora a menos que su paraguas fuese mágico o algo por el estilo.  
El lugar se vio atestado de esos bichos y del ruido de sus aleteos, luego sintió unos fuertes disparos y se permitió sacar los brazos de su cabeza que había puesto en modo de protección para ver la escena.
Cacho, el viejo cascarrabias, llegaba con escopeta en mano a socorrerlas, pero había sido demasiado tarde, porque en cuanto esas cosas se dispersaron por el miedo, y las que estaban heridas cayeron al suelo, Eugenia pudo ver claramente a una de ellas cogida de la cabeza de Alicia.
- ¡NOOOOO! –gritó, y con sus propias manos intentó desprendérselo sujetándolo por las alas. Pero el bicho la tenía bien sujeta y tuvo que tomar el paraguas del suelo para enterrar su extremo en su pecho.
Por unos segundos creyó que el bicho seguía con vida, pero luego notó que no se movía: estaba muerto. Cacho llegó a su encuentro y miró a la joven con horror. Eugenia retiró el bicho de la cabeza de su amiga jalando con fuerza, por el agujero que éste había hecho en su cabeza no corrió ni una sola gota de sangre, Alicia tenía los ojos abiertos y apenas estaba viva.
- Yo, el bicho . –dijo. – jugar tocando el teclado sin perro del quizás… el fin, conocemos, Eugenia. – La joven no supo cómo reaccionar ante el delirio de su amiga, pero entendió que el bicho había hecho daños en su cerebro.
- Entierran su pico en tu cabeza. – dijo el viejo. – Y te chupan… uno desvaría hasta morir, retardados.
- Con juego de manzana podría leer el vidrio de loza, llora Vania por cobija.
- Shh… shh.. – le dijo su amiga arrodillándose ante ella y sujetando su cabeza.
Alicia la miró por unos segundos, dio unas convulsiones y ya no se movió.

Eugenia lloró por unos segundos y cerró los ojos de su amiga muerta, luego la corrió hacia el pasto y la acomodó como si durmiese, recordó aterrada a los insectos y miró hacia arriba, pero ya no había ni insectos ni lluvia, las nubes se estaban marchando…
- Se fueron. – dijo el viejo también mirando el cielo y contestando la pregunta que ella no había hecho. – Se marcharon con la tormenta así como llegaron...






Cuando Eugenia abrió el ropero, la luz del amanecer ya se había posado por los tejados de las casas, Vania la abrazó con fuerza y ella al cabo de unos segundos hizo lo mismo.  Llevó a su hermana al living y en total silencio le preparó un chocolate caliente. La actividad en la calle había comenzado, luego de la invasión, los vecinos, los policías y los bomberos empezaron a limpiar el lugar, llevándose a los muertos y heridos y recogiendo a los bichos muertos. Uno de esos hombres que iba golpeando las puertas casa por casa les preguntó si se encontraban bien y se marchó con la idea de regresar para poder vigilarlas.
Eugenia imitando a los vecinos se aseguró de que Vania estuviese entretenida viendo la tv (aunque sólo se hiciese eco sobre el incidente de la noche en todos los canales) y fue hacia el cuarto de la pequeña donde tomó a la criatura que había roto la ventana por una de las alas y la arrastró hacia la puerta del fondo, luego la llevó al patio pasando por el costado de la casa y la dejó sobre la vereda, donde de seguro alguien se encargaría de ella.
Volvió al cuarto de su pequeña hermana, tomó la primera manta que encontró y un osito de peluche que a Vania le encantaba, al cual le faltaba un ojo y olía raro.
La pequeña se encontraba concentrada viendo la televisión y Eugenia pensó que ya había tenido demasiado protagonismo en esta historia. La tomó de la mano sintiéndose exhausta y la llevó a su cuarto donde se acomodaron en la cama, la envolvió en la manta y le dio el peluche.
- ¿Papá y mamá van a volver? ¿Ellos están bien, verdad?
Ella le dijo que sí pero por dentro no estaba muy convencida, ambas entraron en un sueño profundo, 
Eugenia soñó sus más hermosos recuerdos que tenía con sus padres y ni una pizca de los acontecimientos de esa noche se hizo presente. Cuando despertó luego de unas cuantas horas se encontró con su hermana acostada a su lado con la miraba fija.
- ¿Papá y mamá van a volver?
- Sí Vania, calmate…
-¿Papá y mamá van a volver? Escribís de la cuenta blanco por el ojo de Alicia. Papá, mamá, bicho, van a volver ¿volver van a mamá y papá? Alicia.
Lo que no había descubierto Eugenia, es que la manta que la cubría era el cubrecama que ella había usado para arrojarle encima a la segunda polilla que había entrado por el hueco de la  ventana, y que pegada aún a la tela, había podido llegar a la nuca de la niña cuando ambas dormían.
  

3 comentarios:

  1. Wow! Me re gustó, solo que me entristeció el final porque la pequeña yo no debía morir!!! u.u jjajaja
    Segui asi querido(L)

    Vania.

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    1. ja ja gracias querida, pero ta, había que darle un toque trágico (?) xDD

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  2. Muy buena, quiero la histori de mariana ahora :p (la mia jajajaj)

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