La historia comienza con una joven
llamada Lucía y con el amor ciego que le tenía a un joven llamado Andrés; ambos
vivían y se habían criado en el mismo barrio, y cuando Andrés demostró interés
en ella, no fue más que el comienzo de una hermosa relación que la alzaba a
ella en la más profunda felicidad. Es innecesario remarcar y describir cómo la
relación fue creciendo, teniendo usted lector la idea pura del amor, pueden imaginarse cómo fueron amándose más y más al ser un amor correspondido. Esto podía ser visto y contado por
cualquier persona que los conociese, incluso sólo de vista.
Lo
demás que relataré ha sido contado por la misma Lucía, que encerrada entre
cuatro blancas paredes y con una camisa de fuerza, es capaz de contar esta
historia una y otra vez…
Dos
o tres años después de su noviazgo, una grata noticia llegó a su hogar: Lucía
estaba embarazada. Para Andrés, que era uno de sus mayores deseos ser padre, se
sintió muy afortunado, Lucía en cambio nunca había querido ser mamá y los niños
no le agradaban mucho, pero ver a su marido feliz por la noticia, le hacía
sentir a ella también llena de dicha y ambos esperaron durante nueve meses la
llegada del pequeño.
Algunos dicen que nació un varón, pero
mayormente se cuenta que fue una niña (incluso la madre misma lo corrobora
aunque nunca se le debe hacer mucho caso a un desequilibrado). Nació pequeña,
frágil, y recibida con el mayor afecto de su padre.
Cuando
llegó a su hogar se encontró con una habitación especialmente para ella, con
una inmensa cuna labrada, las paredes pintadas de colores y unos estantes
repletos de juguetes. Uno de esos juguetes era una extraña muñeca de goma, del tamaño doble de la beba y vestida
con un sombrero y un vestido largo de
colores, con muchos detalles y bordados; su cara mostraba seriedad y de cada
lado de su cabeza caían largos risos castaños.
Esta
muñeca es la protagonista de la historia, porque si bien hasta ese entonces era
un juguete más, sin ninguna rareza, algo pasó que cambió todo rotundamente:
Una
noche, Lucía quería impresionar a su marido para cuando este regresara de su
trabajo, el amor que sentía por él no había disminuido ni un poco en todo ese
tiempo, y esa obsesión ciega que tenía por él la llevaba a querer complacerlo
siempre y verlo todo los días con una sonrisa en la cara.
Llegó
de hacer las compras; limpió a fondo la casa e hizo una cena exquisita; se vistió de lo más elegante y sensual (había
logrado recuperar su figura luego del parto) y estaba casi lista para cuando él
llegara, sólo había un pequeño detalle: a la pequeña beba no le gustaba el
nuevo vestido que Lucía le había comprado y se mostraba incómoda y caprichosa
al ser vestida. Lucía se iba poniendo cada vez más nerviosa, y es que el tiempo
terminaba, él llegaría y la niña lloraba desconsoladamente.
¡Callate!
Le gritó, y la niño cesó su llanto, a tal presión, cansada y desesperada, Lucía había arrojado a la niña al suelo, la
beba muerta ya no volvió a moverse.
Cuando
logró tranquilizarse y tomar consciencia de lo que había hecho sintió un gran
pánico, no le interesaba la niña en lo más mínimo, sí lo que sentiría su marido
al enterarse: la rechazaría y la odiaría, viviría el resto de sus días tras las
rejas, sabiendo que él seguiría viviendo sin depender de ella, quizás con otras
mujeres…
Tomó
a la inerte criatura con el cuidado que
nunca le había tenido y la posó sobre la cuna, procuró taparla bien, para que
no se notara la fractura en su cabeza y la
sangre no fuese visible y abandonó la habitación.
La
cena transcurrió de forma normal, todo acorde a lo planeado, aunque Andrés se
fue apenado a la cama luego de que su mujer no lo dejara ver a la niña,
argumentando que la beba había estado molesta todo el día y por fin dormía y no
se debía molestar.
Al
otro día los vecinos del barrio se despertaron con una terrible y triste
noticia, nadie podía entender cómo en un barrio tan tranquilo alguien había
osado a robarse una bebé.
¡Pobres
muchachos! Se lamentaba la gente ¡Pensar que son tan buenos! Decían.
La
pequeña beba del matrimonio había sido
robada, la madre se mostraba muy afligida, el padre intentaba ser fuerte para
la dificultosa tarea de encontrar a su hija, aunque por dentro tenía el corazón
destrozado ¡él sí la amaba con todo su ser!
Pasaron
una, dos semanas, y nadie encontró a la pequeña ni su captor, o mejor dicho,
nadie descubrió que Lucía había asesinado a su hija.
Su
marido había entrado en una terrible depresión, ya no quería salir de su casa y
se pasaba los días enteros arrojado en la cama, abatido, ella demostraba
también cierta tristeza, pero no por la pérdida de su hija, sino por verlo a él
tan destrozado. ¡Tanto lo amaba!
Una
tarde entró ella a la habitación de la beba mientras él se encontraba lejos,
haciendo reclamos a las autoridades y suplicándoles más atención al caso,
nerviosa se paseó por toda la habitación sin saber qué hacer, bajó a la muñeca
de la repisa y posándola boca abajo sobre una mesa abrió su interior por la
espalda, había quitado todo el material que mantenía el torso de la muñeca con
forma y había apretujado allí el cadáver de la niña.
¡Debía
quitarla de ahí! No era para nada seguro ese escondite. Pero no terminaba de
decidir qué hacer con ella. No había jardín de tierra para esconder el cadáver,
y temía arrojarlo a la basura y ser descubierta. Por eso colocó nuevamente la
muñeca sobre la repisa con el cadáver dentro hasta que se le ocurriera una
mejor idea.
Esta
es la parte del relato donde la narración se torna fantástica, o mejor dicho
realmente aterradora, porque de la muñeca pareció nacer un alma vengativa, una
mezcla de la frialdad de un juguete con la penosa e injusta muerte de un alma
pura.
Lucía
empezó a despertarse por las noches luego de extrañas pesadillas sintiendo un
llanto en el dormitorio de su hija. A veces pensaba que eran apenas parte de
las pesadillas, pero al agudizar los oídos notaba que el llanto sí existía y
era externo a su mente.
Sentía
un pánico casi palpable y más de una vez se levantó a tientas sin despertar a
su marido; nada extraño había en la habitación de la niña, excepto por la
mirada de la muñeca que parecía más humana y seria que antes, observando con
sus grandes ojos a todo aquél que entrara en la habitación.
Otras
tantas noches se despertó y notó cómo la luz de la habitación de la beba se
prendía y se apagaba sola, acompañada por los ruidos de unas minúsculas pisadas
que se movían por la casa.
Ella
creía (o cree) que el espíritu de su hija buscaba venganza y sentía que estar
cerca de su habitación era como acercarse al infierno. Se había vuelto más
retraída y todo la sobresaltaba y la angustiaba. Su marido creía que era parte
de superar la pérdida de la niña y ser consciente de que la idea de encontrarla
era casi nula.
Uno
de los episodios que vale mencionar, que resulta de lo más acongojador, fue uno
que resultó de una noche fría de invierno, Lucía se despertó a media noche,
asustada, y sintió cómo su marido le acariciaba la cabeza, despertarlo por su
dormir molesto ya era algo normal, pero con gran pánico y terror descubrió al
darse la vuelta que quien la acariciaba no era Andrés, sino la muñeca que
posaba entre ellos dos. Se paró de un salto a desgarrados gritos y su marido
asustado se despertó alarmado.
La
vio a ella parada al lado de la cama, temblando de pies a cabeza y a la muñeca,
inerte, descansando a su lado. Fue incómodo argumentar que tal estado se debía a una de esas tantas pesadillas, y convencerlo de que había llevado la
muñeca a la cama porque le recordaba a su hija.
Con
mucho temor y desprecio había devuelto a la muñeca a la habitación, pero la
había arrojado en el suelo sin el menor cuidado, sintiendo el peso que el
cadáver tenía en ella.
Volviendo a la cama prometió deshacerse de la maldita al día siguiente.
Volviendo a la cama prometió deshacerse de la maldita al día siguiente.
Cuando llegó a la habitación, aquel día
por la mañana, se encontró con que la muñeca estaba nuevamente en su lugar, primero
pensó que Andrés la había colocado allí, pero se dio cuenta y calculó que por
los pasos que había seguido esa mañana antes de ir a trabajar era imposible.
Entonces,
acercándose dubitativa se enfrentó al a muñeca que la observaba siempre con sus
grandes ojos fijos.
¡Dejame
en paz! Le habría dicho o ¡Dejá de molestarme! La muñeca habría enarcado el
entrecejo, la habría mirado despectiva y habría dicho:
¡No
voy a parar hasta verte sumida en la más profunda locura, poco a poco iré
consumiéndote, en la realidad y en tus sueños, hasta que no tengas más valor,
hasta que tu vida sea una miseria y por fin te mueras; y voy a disfrutar cada
segundo que tu cuerpo arda en el infierno, porque hasta allí vas a ir, y te vas
a lamentar por el resto de la existencia, en el más profundo y horrible pozo
que el demonio tiene reservado para vos y del cual nunca jamás podrás salir.
Por tener un alma tan negra que todo el mundo despreciará. Y ese hombre, ese
que tanto amas, será el que más desprecio hacia vos tendrá, le darás asco y
repulsión y será el primero en firmar el acuerdo de tu castigo eterno!
Abandonen la lectura aquellos que piensen que
digo estupideces, ni tampoco crea que la muñeca en ese momento saltó sobre ella
mordiéndole la nariz.
Lucía
no bajó la cabeza, aún luego del llamado de atención de la muñeca, jamás se
hizo cargo de la muerte de su hija y para ya no sentirse en peligro decidió irse
a la casa de su madre, que luego de su divorcio residía a las afueras de la
ciudad.
Su
marido vivía con ella a medias, a veces le era imposible estar tan lejos mucho tiempo y volvía a la solitaria casa en la más completa normalidad.
El tiempo
pasó, lento pero favorablemente, Lucía ya
no tenía pesadillas y las palabras tormentosas de la muñeca casi no la
afectaban, y cuando estuvo a punto de afirmar que su vida ya había vuelto a la
normalidad una sorpresa inesperada le sacudió su bienestar:
Un
fin de semana Andrés llegó a la casa para pasar unos días con ella y trajo
consigo a la maldita muñeca. Le explicó que en sueños veía a su pequeña hija y
a la muñeca y descubrió que esta última era una buena aliada contra la tristeza
que se forjaba en su corazón. Lucía supo desde su llegada que la muñeca lo
había manipulado para que la llevara consigo a su encuentro, y tratando de
disimular el horror que ésta le producía, intentó siempre mantenerla encerrada
y alejada de ella.
Muchos
preguntarán cómo es que la muñeca no olía mal si poseía un cadáver en plena
descomposición dentro, o cómo es que nadie notaba su excesivo peso. Esto es
algo que ni la misma Lucía pudo contestar. Pero los amantes de los misterios y
los creyentes en la parapsicología aseguran que la misma fuerza paranormal que dotaba
capacidades vitales en la muñeca, hacían también un juego de engaños para que
los demás no sospecharan nada de lo ocurrido, incluso esta teoría contrastaría
con la idea principal de que la muñeca quería que se descubriera el engaño,
aunque por lo ya relatado, no era la función de la muñeca hacerse saber la
verdad por su medio, sino el de atormentar a Lucía por sus actos hasta llevarla
a la locura.
Apenas
dos días después de la llegada de la muñeca a la casa, Lucía la encontró una
noche en la que todos aparentemente dormían sentada en una mecedora del living
que posaba cerca del fuego de la chimenea. La muñeca poseía todas las
cualidades humanas que ella ya conocía y que los demás ignoraban.
-
Duerme mi niño, duérmete ya… - empezó a canturrear en susurro la
muñeca con una voz suave y aniñada.
-
¡Por favor! – le imploró Lucía acercándose a ella en silencio. –
Déjame en paz, sé que lo que hice estuvo mal.
La
muñeca se volteó y la miró llena de odio culpante.
-
¡No hay ni una pizca de arrepentimiento en tu alma! ¡Cada día te
detesto más! ¡Quiero que sangres, como ella sangró…!
Entonces
inclinó su cabeza al suelo de parquet y de un gran quejido vomitó al menos un
litro de sangre en un segundo. El sonido de la arcada, había sido tan sonoro
que hasta Luis lo había escuchado.
-
¿Estás bien Lucía?
Se
escuchó desde la habitación cercana, Lucía miró el enchastre y luego a la
perversa muñeca
que
posaba normalmente en el asiento.
-
¡Sí! Bien… ya voy
Contestó
nerviosa y rápidamente buscó un trapo en la cocina, luego volvió a la sala
donde el fuego hacia brillar el gran charco rojo oscuro.
Se
puso de rodillas y nerviosa empezó a limpiar la sangre, pero en medio de toda
esa movida frenética, la muñeca, que pensó ella que no volvería actuar, se lanzó sobre
ella, cayendo en su espalda para luego abrazarla fuertemente con sus delicados
brazos alrededor de su cuello.
Lucía intentó pararse, haciendo esfuerzos por no gritar y en el forcejeo volvió a
caer al piso absorbiendo la sangre con su ropa y siendo sometida al estrangulamiento
de la muñeca. En otro esfuerzo por
liberarse de ese demonio, estando tan vulnerable arrojada en el suelo sólo
atinó a agarrar uno de los troncos finos y largos que sobresalía de la
llamarada de la estufa, cuando lo hubo sacado llevó la parte ardiente de éste
hacia su espalda y lo posó sobre la cabeza de la muñeca que estuvo unos
segundos en arder e incendiar su rostro y su cabello. Aún notando el dolor de
la muñeca, poco aflojó sus brazos
opresores, pero le dio la suficiente libertad para que Lucía tomara fuerza y
pudiese ponerse de pie y tomando valentía dio caída libre hacia atrás, todo su
cuerpo cayó sobre la muñeca y esta por fin le soltó, ahora, Lucia, siendo la
que llevaba la delantera teniendo a su enemiga abatida en el suelo, empezó a
golpearla con fuerzas con el tronco en llamas.
El
humo del agitado leño empezó a esparciese por la tranquila casa y trozos de
brazas cayeron por doquier. La muñeca, magullada, empezó a arder en llamas y el
frenesí que la rabia le había causado mientras golpeaba a la muñeca empezó a
disminuir; agitada, Lucía suspiró, y levantó la vista para contemplar cómo su
madre se encontraba parada frente a ella, anonadada se tomaba el pecho mientras
le iba surgiendo un rostro de extremo pánico. Lucía intentó llegar hacia ella, pero su
cuerpo tembleque le impedía caminar, observó como su madre caía, sufriendo un
ataque luego de haber contemplado toda aquella terrible situación, luego sintió
como su cuerpo también le fallaba, el humo le hacía arder los ojos y la
garganta y empezó a sentir el calor intenso
del fuego que se expandía firme por la casa hasta que ya abatida toda voluntad la abandonó.
Cuando
despertó, luego de varias horas en la tranquilidad de una sala de hospital se
encontró con su amado Andrés que fue el portador de la mala noticia de la
muerte de su madre y de la destrucción completa de la casa por parte del
incendio.
¡Oh!
¡Lucía perdoname, juro que las rescaté a ambas, pero tu madre no resistió!
Le habría dicho, cuando
ella se mostró interesada sólo en el paradero de la muñeca, Andrés creyó que
era por todo el estrés emocional que su pobre mujer sufría.
-
¡Está hecha carbón! – sollozó con tristeza. - ¡Nuestro fiel recuerdo
de nuestra hija!
Lucía
pudo por fin tranquilizarse y descansó en su cama respirando con placer: la
había derrotado, al costo de la vida de su madre, pero al fin la había
destruido
-
¿Hay algo que quieras decirme? – le habría dicho ella a él cuando notó
cierta satisfacción en su rostro que contrastaba con toda la situación que
estaban viviendo.
-
No todo son malas noticias amor ¡Dios nos ha bendecido! Tu madre
partió, pero una nueva vida viene a nosotros. – se inclinó hacia ella y le besó
la frente. - ¡el doctor me comunicó que estás embarazada!
De
todas las pesadillas uno puede despertar, no hay mal que durase largo tiempo,
en ello siempre Lucía había confiado, y no había sensación más hermosa para
ella que ver a su Andrés tan feliz, y sorprendentemente ella también se notó muy
dichosa, porque deseó la llegada del bebé. Aseguraba que la experiencia vivida
le servirían para ser sí ahora una buena madre, y sentía profundamente que esta
vez sí les tocaría vivir a los tres una vida feliz, juntos…
Durante
los nueve meses el bebe fue creciendo sanamente, Lucía y Andrés se dedicaron a
reforman el cuarto de su futuro hijo, sacando el estante y poniendo nuevo
adornos.
Lucía
hoy en día se dice que está encerrada en un loquero, algunos dicen que murió
hace mucho tiempo, otros creen que sigue viva y hasta creen saber con exactitud
su paradero, y por supuesto están aquellos que desmienten la historia y creen
que es obra de una mente enfermiza. ¿Qué hay de aquellos doctores que
presenciaron el parto y hoy en día se encuentran encerrados en sus casas, con
sus miradas fijas en la nada y con un miedo recurrente? Nadie habla de ellos.
Hasta creo que conozco uno muy anciano que vive cerca de mi casa y le aterra
recordar lo sucedido ese día, porque rompe con los esquemas de toda realidad
posible.
Entre
llantos y mucho, mucho dolor, en manos de varios doctores y enfermeros, la
agitada Lucía hizo fuerza para dar a luz, pero el sangrado no cesó y el bebé no
apareció. Cuando el partero decidió optar por la cesárea luego de no recibir
respuestas del feto, apenas hubo tiempo de anestesiar a la joven, que con
fuerzas luchaba para que todo saliese bien, acompañado siempre por el
preocupado Andrés que le tomaba fuertemente la mano y la alentaba a continuar.
Luego
del corte, y de ver más y más sangre, luego de todas la desgracias, de todas
las mentiras y de la aberración que jamás se había descubierto de Lucía, a la
vista de todos y todas, la cosa más escalofriante sucedió, todos fueron
partícipes de cómo de las entrañas de Lucía no nacía beba, ni viva ni muerta,
tampoco nació un bebe, ni vivo ni muerto. ¡LUCÍA DIO A LUZ A UNA HUECA Y RÍGIDA
MUÑECA!
Espero lo hayas disfrutado.!

Macabro!!!
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