lunes, 11 de febrero de 2013

LA MUÑECA





             La historia comienza con una joven llamada Lucía y con el amor ciego que le tenía a un joven llamado Andrés; ambos vivían y se habían criado en el mismo barrio, y cuando Andrés demostró interés en ella, no fue más que el comienzo de una hermosa relación que la alzaba a ella en la más profunda felicidad. Es innecesario remarcar y describir cómo la relación fue creciendo, teniendo usted lector la idea pura del amor, pueden imaginarse cómo fueron amándose más y más al ser un amor correspondido. Esto podía ser visto y contado por cualquier persona que los conociese, incluso sólo de vista.
Lo demás que relataré ha sido contado por la misma Lucía, que encerrada entre cuatro blancas paredes y con una camisa de fuerza, es capaz de contar esta historia una y otra vez…
Dos o tres años después de su noviazgo, una grata noticia llegó a su hogar: Lucía estaba embarazada. Para Andrés, que era uno de sus mayores deseos ser padre, se sintió muy afortunado, Lucía en cambio nunca había querido ser mamá y los niños no le agradaban mucho, pero ver a su marido feliz por la noticia, le hacía sentir a ella también llena de dicha y ambos esperaron durante nueve meses la llegada del pequeño.
 Algunos dicen que nació un varón, pero mayormente se cuenta que fue una niña (incluso la madre misma lo corrobora aunque nunca se le debe hacer mucho caso a un desequilibrado). Nació pequeña, frágil, y recibida con el mayor afecto de su padre.
Cuando llegó a su hogar se encontró con una habitación especialmente para ella, con una inmensa cuna labrada, las paredes pintadas de colores y unos estantes repletos de juguetes. Uno de esos juguetes era una extraña muñeca  de goma, del tamaño doble de la beba y vestida con un  sombrero y un vestido largo de colores, con muchos detalles y bordados; su cara mostraba seriedad y de cada lado de su cabeza caían largos risos castaños.
Esta muñeca es la protagonista de la historia, porque si bien hasta ese entonces era un juguete más, sin ninguna rareza, algo pasó que cambió todo rotundamente:
Una noche, Lucía quería impresionar a su marido para cuando este regresara de su trabajo, el amor que sentía por él no había disminuido ni un poco en todo ese tiempo, y esa obsesión ciega que tenía por él la llevaba a querer complacerlo siempre y verlo todo los días con una sonrisa en la cara.
Llegó de hacer las compras; limpió a fondo la casa e hizo una cena exquisita; se vistió de lo más elegante y sensual (había logrado recuperar su figura luego del parto) y estaba casi lista para cuando él llegara, sólo había un pequeño detalle: a la pequeña beba no le gustaba el nuevo vestido que Lucía le había comprado y se mostraba incómoda y caprichosa al ser vestida. Lucía se iba poniendo cada vez más nerviosa, y es que el tiempo terminaba, él llegaría y la niña lloraba desconsoladamente.
¡Callate! Le gritó, y la niño cesó su llanto, a tal presión, cansada y desesperada,  Lucía había arrojado a la niña al suelo, la beba muerta ya no volvió a moverse.
Cuando logró tranquilizarse y tomar consciencia de lo que había hecho sintió un gran pánico, no le interesaba la niña en lo más mínimo, sí lo que sentiría su marido al enterarse: la rechazaría y la odiaría, viviría el resto de sus días tras las rejas, sabiendo que él seguiría viviendo sin depender de ella, quizás con otras mujeres…
Tomó a la inerte  criatura con el cuidado que nunca le había tenido y la posó sobre la cuna, procuró taparla bien, para que no se notara la fractura en su cabeza y  la sangre no fuese visible y abandonó la habitación.
La cena transcurrió de forma normal, todo acorde a lo planeado, aunque Andrés se fue apenado a la cama luego de que su mujer no lo dejara ver a la niña, argumentando que la beba había estado molesta todo el día y por fin dormía y no se debía molestar.

Al otro día los vecinos del barrio se despertaron con una terrible y triste noticia, nadie podía entender cómo en un barrio tan tranquilo alguien había osado a robarse una bebé.
¡Pobres muchachos! Se lamentaba la gente ¡Pensar que son tan buenos! Decían.
La pequeña beba del  matrimonio había sido robada, la madre se mostraba muy afligida, el padre intentaba ser fuerte para la dificultosa tarea de encontrar a su hija, aunque por dentro tenía el corazón destrozado ¡él sí la amaba con todo su ser!
Pasaron una, dos semanas, y nadie encontró a la pequeña ni su captor, o mejor dicho, nadie descubrió que Lucía había asesinado a su hija.
Su marido había entrado en una terrible depresión, ya no quería salir de su casa y se pasaba los días enteros arrojado en la cama, abatido, ella demostraba también cierta tristeza, pero no por la pérdida de su hija, sino por verlo a él tan destrozado. ¡Tanto lo amaba!
Una tarde entró ella a la habitación de la beba mientras él se encontraba lejos, haciendo reclamos a las autoridades y suplicándoles más atención al caso, nerviosa se paseó por toda la habitación sin saber qué hacer, bajó a la muñeca de la repisa y posándola boca abajo sobre una mesa abrió su interior por la espalda, había quitado todo el material que mantenía el torso de la muñeca con forma y había apretujado allí el cadáver de la niña.
¡Debía quitarla de ahí! No era para nada seguro ese escondite. Pero no terminaba de decidir qué hacer con ella. No había jardín de tierra para esconder el cadáver, y temía arrojarlo a la basura y ser descubierta. Por eso colocó nuevamente la muñeca sobre la repisa con el cadáver dentro hasta que se le ocurriera una mejor idea.
Esta es la parte del relato donde la narración se torna fantástica, o mejor dicho realmente aterradora, porque de la muñeca pareció nacer un alma vengativa, una mezcla de la frialdad de un juguete con la penosa e injusta muerte de un alma pura.
Lucía empezó a despertarse por las noches luego de extrañas pesadillas sintiendo un llanto en el dormitorio de su hija. A veces pensaba que eran apenas parte de las pesadillas, pero al agudizar los oídos notaba que el llanto sí existía y era externo a su mente.
Sentía un pánico casi palpable y más de una vez se levantó a tientas sin despertar a su marido; nada extraño había en la habitación de la niña, excepto por la mirada de la muñeca que parecía más humana y seria que antes, observando con sus grandes ojos a todo aquél que entrara en la habitación.
Otras tantas noches se despertó y notó cómo la luz de la habitación de la beba se prendía y se apagaba sola, acompañada por los ruidos de unas minúsculas pisadas que se movían por la casa.
Ella creía (o cree) que el espíritu de su hija buscaba venganza y sentía que estar cerca de su habitación era como acercarse al infierno. Se había vuelto más retraída y todo la sobresaltaba y la angustiaba. Su marido creía que era parte de superar la pérdida de la niña y ser consciente de que la idea de encontrarla era casi nula.
Uno de los episodios que vale mencionar, que resulta de lo más acongojador, fue uno que resultó de una noche fría de invierno, Lucía se despertó a media noche, asustada, y sintió cómo su marido le acariciaba la cabeza, despertarlo por su dormir molesto ya era algo normal, pero con gran pánico y terror descubrió al darse la vuelta que quien la acariciaba no era Andrés, sino la muñeca que posaba entre ellos dos. Se paró de un salto a desgarrados gritos y su marido asustado se despertó alarmado.
La vio a ella parada al lado de la cama, temblando de pies a cabeza y a la muñeca, inerte, descansando a su lado. Fue incómodo argumentar que tal estado se debía a una de esas tantas pesadillas, y convencerlo de que había llevado la muñeca a la cama porque le recordaba a su hija.
Con mucho temor y desprecio había devuelto a la muñeca a la habitación, pero la había arrojado en el suelo sin el menor cuidado, sintiendo el peso que el cadáver tenía en ella. 
Volviendo a la cama prometió deshacerse de la maldita al día siguiente.
        Cuando llegó a la habitación, aquel día por la mañana, se encontró con que la muñeca estaba nuevamente en su lugar, primero pensó que Andrés la había colocado allí, pero se dio cuenta y calculó que por los pasos que había seguido esa mañana antes de ir a trabajar era imposible.
Entonces, acercándose dubitativa se enfrentó al a muñeca que la observaba siempre con sus grandes ojos fijos.
¡Dejame en paz! Le habría dicho o ¡Dejá de molestarme! La muñeca habría enarcado el entrecejo, la habría mirado despectiva y habría dicho:
¡No voy a parar hasta verte sumida en la más profunda locura, poco a poco iré consumiéndote, en la realidad y en tus sueños, hasta que no tengas más valor, hasta que tu vida sea una miseria y por fin te mueras; y voy a disfrutar cada segundo que tu cuerpo arda en el infierno, porque hasta allí vas a ir, y te vas a lamentar por el resto de la existencia, en el más profundo y horrible pozo que el demonio tiene reservado para vos y del cual nunca jamás podrás salir. Por tener un alma tan negra que todo el mundo despreciará. Y ese hombre, ese que tanto amas, será el que más desprecio hacia vos tendrá, le darás asco y repulsión y será el primero en firmar el acuerdo de tu castigo eterno!
 Abandonen la lectura aquellos que piensen que digo estupideces, ni tampoco crea que la muñeca en ese momento saltó sobre ella mordiéndole la nariz.
Lucía no bajó la cabeza, aún luego del llamado de atención de la muñeca, jamás se hizo cargo de la muerte de su hija y para ya no sentirse en peligro decidió irse a la casa de su madre, que luego de su divorcio residía a las afueras de la ciudad.
Su marido vivía con ella a medias, a veces le era imposible estar tan lejos mucho tiempo y volvía a la solitaria casa en la más completa normalidad.
El tiempo pasó, lento pero favorablemente, Lucía ya  no tenía pesadillas y las palabras tormentosas de la muñeca casi no la afectaban, y cuando estuvo a punto de afirmar que su vida ya había vuelto a la normalidad una sorpresa inesperada le sacudió su bienestar:
Un fin de semana Andrés llegó a la casa para pasar unos días con ella y trajo consigo a la maldita muñeca. Le explicó que en sueños veía a su pequeña hija y a la muñeca y descubrió que esta última era una buena aliada contra la tristeza que se forjaba en su corazón. Lucía supo desde su llegada que la muñeca lo había manipulado para que la llevara consigo a su encuentro, y tratando de disimular el horror que ésta le producía, intentó siempre mantenerla encerrada y alejada de ella.
Muchos preguntarán cómo es que la muñeca no olía mal si poseía un cadáver en plena descomposición dentro, o cómo es que nadie notaba su excesivo peso. Esto es algo que ni la misma Lucía pudo contestar. Pero los amantes de los misterios y los creyentes en la parapsicología aseguran que la misma fuerza paranormal que dotaba capacidades vitales en la muñeca, hacían también un juego de engaños para que los demás no sospecharan nada de lo ocurrido, incluso esta teoría contrastaría con la idea principal de que la muñeca quería que se descubriera el engaño, aunque por lo ya relatado, no era la función de la muñeca hacerse saber la verdad por su medio, sino el de atormentar a Lucía por sus actos hasta llevarla a la locura.
Apenas dos días después de la llegada de la muñeca a la casa, Lucía la encontró una noche en la que todos aparentemente dormían sentada en una mecedora del living que posaba cerca del fuego de la chimenea. La muñeca poseía todas las cualidades humanas que ella ya conocía y que los demás ignoraban.
-          Duerme mi niño, duérmete ya… - empezó a canturrear en susurro la muñeca con una voz suave y aniñada.
-          ¡Por favor! – le imploró Lucía acercándose a ella en silencio. – Déjame en paz, sé que lo que hice estuvo mal.
La muñeca se volteó y la miró llena de odio culpante.
-          ¡No hay ni una pizca de arrepentimiento en tu alma! ¡Cada día te detesto más! ¡Quiero que sangres, como ella sangró…!
Entonces inclinó su cabeza al suelo de parquet y de un gran quejido vomitó al menos un litro de sangre en un segundo. El sonido de la arcada, había sido tan sonoro que hasta Luis lo había escuchado.
-          ¿Estás bien Lucía?
Se escuchó desde la habitación cercana, Lucía miró el enchastre y luego a la perversa muñeca
que posaba normalmente en el asiento.
-          ¡Sí! Bien… ya voy
Contestó nerviosa y rápidamente buscó un trapo en la cocina, luego volvió a la sala donde el fuego hacia brillar el gran charco rojo oscuro.
Se puso de rodillas y nerviosa empezó a limpiar la sangre, pero en medio de toda esa movida frenética, la muñeca, que pensó ella que no volvería actuar, se lanzó sobre ella, cayendo en su espalda para luego abrazarla fuertemente con sus delicados brazos alrededor de su cuello.
Lucía intentó pararse, haciendo esfuerzos por no gritar y en el forcejeo volvió a caer al piso absorbiendo la sangre con su ropa y siendo sometida al estrangulamiento de la muñeca.  En otro esfuerzo por liberarse de ese demonio, estando tan vulnerable arrojada en el suelo sólo atinó a agarrar uno de los troncos finos y largos que sobresalía de la llamarada de la estufa, cuando lo hubo sacado llevó la parte ardiente de éste hacia su espalda y lo posó sobre la cabeza de la muñeca que estuvo unos segundos en arder e incendiar su rostro y su cabello. Aún notando el dolor de la muñeca, poco  aflojó sus brazos opresores, pero le dio la suficiente libertad para que Lucía tomara fuerza y pudiese ponerse de pie y tomando valentía dio caída libre hacia atrás, todo su cuerpo cayó sobre la muñeca y esta por fin le soltó, ahora, Lucia, siendo la que llevaba la delantera teniendo a su enemiga abatida en el suelo, empezó a golpearla con fuerzas con el tronco en llamas.
El humo del agitado leño empezó a esparciese por la tranquila casa y trozos de brazas cayeron por doquier. La muñeca, magullada, empezó a arder en llamas y el frenesí que la rabia le había causado mientras golpeaba a la muñeca empezó a disminuir; agitada, Lucía suspiró, y levantó la vista para contemplar cómo su madre se encontraba parada frente a ella, anonadada se tomaba el pecho mientras le iba surgiendo un rostro de extremo pánico.   Lucía intentó llegar hacia ella, pero su cuerpo tembleque le impedía caminar, observó como su madre caía, sufriendo un ataque luego de haber contemplado toda aquella terrible situación, luego sintió como su cuerpo también le fallaba, el humo le hacía arder los ojos y la garganta y empezó a sentir el calor intenso  del fuego que se expandía firme por la casa hasta que ya abatida  toda voluntad la abandonó.

  Cuando despertó, luego de varias horas en la tranquilidad de una sala de hospital se encontró con su amado Andrés que fue el portador de la mala noticia de la muerte de su madre y de la destrucción completa de la casa por parte del incendio.
¡Oh! ¡Lucía perdoname, juro que las rescaté a ambas, pero tu madre no resistió!
Le habría dicho, cuando ella se mostró interesada sólo en el paradero de la muñeca, Andrés creyó que era por todo el estrés emocional que su pobre mujer sufría.
-          ¡Está hecha carbón! – sollozó con tristeza. - ¡Nuestro fiel recuerdo de nuestra hija!
Lucía pudo por fin tranquilizarse y descansó en su cama respirando con placer: la había derrotado, al costo de la vida de su madre, pero al fin la había destruido
-          ¿Hay algo que quieras decirme? – le habría dicho ella a él cuando notó cierta satisfacción en su rostro que contrastaba con toda la situación que estaban viviendo.
-          No todo son malas noticias amor ¡Dios nos ha bendecido! Tu madre partió, pero una nueva vida viene a nosotros. – se inclinó hacia ella y le besó la frente. - ¡el doctor me comunicó que estás embarazada!


De todas las pesadillas uno puede despertar, no hay mal que durase largo tiempo, en ello siempre Lucía había confiado, y no había sensación más hermosa para ella que ver a su Andrés tan feliz, y sorprendentemente ella también se notó muy dichosa, porque deseó la llegada del bebé. Aseguraba que la experiencia vivida le servirían para ser sí ahora una buena madre, y sentía profundamente que esta vez sí les tocaría vivir a los tres una vida feliz, juntos…
Durante los nueve meses el bebe fue creciendo sanamente, Lucía y Andrés se dedicaron a reforman el cuarto de su futuro hijo, sacando el estante y poniendo nuevo adornos.
Lucía hoy en día se dice que está encerrada en un loquero, algunos dicen que murió hace mucho tiempo, otros creen que sigue viva y hasta creen saber con exactitud su paradero, y por supuesto están aquellos que desmienten la historia y creen que es obra de una mente enfermiza. ¿Qué hay de aquellos doctores que presenciaron el parto y hoy en día se encuentran encerrados en sus casas, con sus miradas fijas en la nada y con un miedo recurrente? Nadie habla de ellos. Hasta creo que conozco uno muy anciano que vive cerca de mi casa y le aterra recordar lo sucedido ese día, porque rompe con los esquemas de toda realidad posible.
Entre llantos y mucho, mucho dolor, en manos de varios doctores y enfermeros, la agitada Lucía hizo fuerza para dar a luz, pero el sangrado no cesó y el bebé no apareció. Cuando el partero decidió optar por la cesárea luego de no recibir respuestas del feto, apenas hubo tiempo de anestesiar a la joven, que con fuerzas luchaba para que todo saliese bien, acompañado siempre por el preocupado Andrés que le tomaba fuertemente la mano y la alentaba a continuar.
Luego del corte, y de ver más y más sangre, luego de todas la desgracias, de todas las mentiras y de la aberración que jamás se había descubierto de Lucía, a la vista de todos y todas, la cosa más escalofriante sucedió, todos fueron partícipes de cómo de las entrañas de Lucía no nacía beba, ni viva ni muerta, tampoco nació un bebe, ni vivo ni muerto. ¡LUCÍA DIO A LUZ A UNA HUECA Y RÍGIDA MUÑECA!  




Espero lo hayas disfrutado.! 

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